Jesús seduce, no impone

TERCER DOMINGO T.O.

Marcos 1, 14-20

 

Estamos al principio del evangelio de Marcos. Jesús acaba de empezar a predicar. Han encarcelado a Juan. El no se ha quedado en el desierto, donde recibió el bautismo de Juan, sino que se presenta en medio de la realidad humana, donde está la gente, donde se vive, se trabaja o se sufre. Se sitúa en la provincia del norte, Galilea, alejada del centro religioso y político del país, y abierta al mundo pagano. Se dedica a recorrer los pueblitos y aldeas de Galilea.

Se pone a predicar la Buena Noticia de parte de Dios. Eso es el evangelio: una estupenda noticia que Jesús descubrió y nos quiere comunicar.

Lo primero que dice es: “está cerca el reino de Dios”. No se trata de que Dios reine, se trata de que Dios se haga presente entre nosotros gracias a las actitudes de los seres humanos, basadas en el amor y en el perdón, de manera que allí donde haya amor se haga presente Dios. Y para ello hace falta cambiar de mentalidad, de ver con ojos nuevos la realidad.

Lo primero que hace Jesús es buscar colaboradores para la tarea de llevar la buena nueva a la gente. Jesús se dirige a los círculos más inquietos y sensibles a la injusticia del sistema social judío. No quiere llevar la tarea el solo. Y entre sus colaboradores no busca en Jerusalén, entre los alumnos de los grandes rabinos, sino que busca entre gente sencilla y humildes pescadores.

Desde el principio, Jesús está muy interesado en hacerse acompañar de discípulos a los cuales les encomienda una misión. Pero antes les exige que le acompañen . Este es un rasgo distintivo: “los llama para que estuvieran con El y para enviarlos a predicar”.

Pasando junto al lago de Galilea contempla la tarea de unos pescadores. Su tarea cotidiana de la barca, las redes, los peces parece que le sugiere la necesidad de “otra pesca”. Entonces llama a cuatro pescadores, los llama de dos en dos y los invita a seguirle. Jesús casi nunca está solo.

Cada pareja de hermanos representa un sector diferente de la sociedad de Galilea. En la primera pareja, formada por Andrés y Simón, la relación es de igualdad y sus nombres son griegos, mostrando menor apego a la tradición judía. Es un grupo activo, estaban echando la red, pescan a mano y eran de condición humilde, pescadores sin barca propia.

La segunda pareja de hermanos, Santiago y Juan, llevaban nombres hebreos, indicando pertenecer a un sector más conservador y sometidos más al padre, figura de autoridad; gozan de una situación privilegiada respecto a los demás y nivel económico alto, pues tienen barca propia.

Ante la invitación de Jesús, Simón y Andrés abandonan la actividad para seguir a Jesús. Santiago y Juan se desvinculan de la tradición, el padre y el ambiente familiar también para seguirle.
A partir de ahora sus discípulos son su familia, comparten con él toda su vida y por tanto colaboran en la misma misión.

Esto es lo que pretende Marcos con esta narración: que quien lo lea se sienta interpelado.

Toda vocación es respuesta a una llamada: Jesús pasa, mira, llama…

Jesús no escoge como discípulos ni a sumos sacerdotes, ni especialistas en nada, sino que llama a gente corriente. La llamada de Jesús no violenta, no impone, no obliga pero transforma, te cambia la vida.

Ser discípulo implica siempre desprendimiento y renuncia.

Jesús no pide a todos abandonar las mismas cosas, pero sí ponerlo todo en segundo plano cuando él te presenta su modelo de vida y su proyecto de reino para la humanidad. Un reino que es la vida misma tal como la quiere construir Dios. Es decir, ¿Cómo sería la vida si de verdad hiciéramos las cosas como Jesús las pensó?

El reino de Dios no es un sueño, es el proyecto que Jesús quiere llevar adelante. ¿Cómo serían la iglesia y los cristianos si nos dedicáramos a construir la vida como la quiere Dios y no como la quieren los amos del mundo? ¿Habría bombas, guerras, misiles o habría diálogo y paz? ¿Habría egoísmo y ambiciones o corazones con ganas de compartir?, ¿se pelearían los hermanos?