JUAN BAUTISTA: Figura clave de transición.
SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO (B)
Marcos 1, 1-8
La figura de Juan Bautista en su tiempo genera expectación y anhelo de que algo tiene que cambiar, para lo cual se requiere una actitud profética y un cambio de vida.
Juan se sitúa en el desierto, mostrando así su ruptura y disconformidad con la sociedad existente . El no se enfrenta a las instituciones, se dirige a las personas y les hace tomar conciencia de que todos y cada uno, por sus injusticias personales, son responsables de la situación social injusta del país. Por tanto todos han de rectificar su conducta si aspiran a un cambio que debe ser bueno para todos.
El bautismo en el Jordán, o la inmersión en el río, simboliza para cada uno la muerte a su pasado de injusticia. Y así preparar el camino del Señor.
La respuesta es masiva lo cual prueba y es manifestación del descontento general con la situación. Y curiosamente un pueblo tremendamente religioso no va a buscar el perdón en el templo, sino en el lugar donde está el profeta: en el desierto.
El lo único que pretende es presentar al Mesías, que será el instaurador de esa sociedad nueva, que luego Jesús llamará Reino de Dios. Mientras tanto, Juan vive como un nómada, y come como un nómada y vive alejado de la sociedad. Y además con una salvedad: él no se considera protagonista, anuncia la llegada de otro superior a él y que posee el Espíritu, es decir la fuerza interior que podrá hacer cambiar todo.
“Uno que bautizará con Espíritu Santo”. Es decir un bautismo expresión real de un cambio de vida y no un simple rito. Lo que es lo mismo que asumir los valores de la verdad, de la justicia, de la fraternidad.
Cuando uno lee este evangelio en esa clave, entiende cuanto paralelismo tiene con nuestra situación actual, donde no asumimos nuestra cuota de responsabilidad y siempre echamos la culpa al otro y por eso no cambia nada, incluso los que están bien estarán mejor y los que están mal estarán peor. Pero esto nadie se lo hace mirar ni nadie esta dispuesto a plantearse cosas. ¿Sabéis por qué?
Porque nos falta una dimensión esencial que es la interioridad.
Hoy todos vamos corriendo sin detenernos en nada ni en nadie y por eso la felicidad no tiene tiempo para penetrar hasta nuestro corazón.
Pasamos rápidamente por todo y nos quedamos casi siempre en la superficie. Se nos está olvidando escuchar la vida con un poco de hondura y profundidad. Pero para escuchar hace falta hacer silencio dentro de nuestra alma, pero tenemos mil ocupaciones y menos espacio para el espíritu en nuestra vida diaria.
Por eso sobrevivimos, vamos tirando, cerrando los ojos y olvidando nuestra alma, pero llenos de proyectos, ocupaciones e ilusiones, aprendiendo a vivir como decía uno: “como cosas en medio de cosas”.
Y lo que es peor todavía, es que con frecuencia ni la religión es capaz de dar calor y vida interior a las personas. Dios resulta hasta lejano para muchos y de poco interés para nuestra vida diaria. Por eso muchos “pasan” de El y no tienen necesidad de él o al menos no les sirve para su vida. Lo cual quiere decir que no estamos ofreciendo a un Jesús atractivo y liberador sino un conglomerado de normas y ritos que no seducen a la gente.
Necesitamos ese espíritu que nos enseñe a pasar de lo puramente exterior a lo que hay más íntimo en el ser humano y en el mundo, a descubrir al Dios de la vida que habita en nuestros corazones y en el centro de nuestra existencia. Solo nos puede convencer la experiencia real y concreta de una alegría interior nueva y diferente que de más sentido a nuestra vida. Y eso se llama encontrarse con el Jesús del evangelio y no otro; el que comió con pecadores, se juntó con todos y curó y sanó a tantos. Porque para él lo importante son siempre las personas.






