La transfiguración: el triunfo de Jesús
LA TRANSFIGURACIÓN: el triunfo de Jesús
LUCAS 9,28-36
Cada año cuando llega la Cuaresma los dos primeros domingos los dedicamos a las Tentaciones de Jesús y a la Transfiguración. El motivo: la cuaresma es preparación a la pascua, pero no sólo a la Semana Santa, como recuerdo de su muerte, sino también a la resurrección. La transfiguración hace alusión a un final feliz donde a pesar de las dificultades y de muchas penumbras, la Resurrección es aliento de esperanza.
Jesús ha anunciado que le espera ser rechazado, condenado y la misma muerte y que quien quiera ser discípulo ese es el camino: cargar con la cruz. Pero estos tendrán su recompensa cuando El vuelva.
Y una vez anunciado eso, tiene lugar un extraño episodio: suben a una montaña, tienen una visión y allí pasa algo importante y decisivo. Jesús no sube solo, le acompañan Pedro, Santiago y Juan. Ellos no es que sean especiales, o gocen de otro privilegio, simplemente lo que van a vivir allí no puede ser presenciado por todos. Tal vez no están preparados para ello.
Dice san Lucas que “subieron a la montaña a orar”. Jesús siempre que tiene que tomar decisiones importantes ora, y ora mucho. Y ahora va a vivir un momento trascendente.
Lo primero que allí sucede es que se va a transformar su rostro y su ropa. Se va a aparecer Moisés y Elías y por último aparecerá una nube luminosa y una voz que dirá algo desde el cielo, desde la la nube.
Veamos poco a poco el sentido de lo que ahí sucede.
La transfiguración la expresa Lucas diciendo que “mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de blancos”. Un rostro difícil de definir y de identificar, como le pasará después a Magdalena, a los de Emaús o a los que estaban pescando en el lago, cuando se les aparece el resucitado, que les cuesta identificarlo y hasta lo confunden.
Transfigurarse su rostro y sus vestidos es una manera de decir que Jesus vio claro, con nitidez, con blancura cual era su tarea y lo que debía hacer que incluso hasta la “cara le cambio”. Y en esa experiencia ven que el destino final no es el fracaso, sino la gloria, aunque hay que pasar por la muerte.
Y para ello se apoya en dos grandes personajes con un peso muy fuerte dentro del mundo judio. Moisés que es el mediador entre Dios y su pueblo y que gracias a él, el pueblo siguió y su fe no desapareció y Elías el profeta que salva la religión judía en su mayor momento de crisis en el siglo IX a.C.cuando estuvo a punto de desaparecer por el influjo de la religión cananea. Que se aparezcan en este momento es una manera de garantizar la importancia de Jesús, al que están siguiendo y una manera de reforzar la decisión de Jesús, que no es un cualquiera, ni un loco, sino que está en la línea de los grandes profetas y por tanto llevando a plenitud su obra.
Por último las palabras que salen de la nube. La nube es siempre un signo de la presencia De Dios. Y en la nube se escuchan las mismas palabras que se oyeron en el bautismo de Jesús: “Escuchadle”.
De todo el relato, Pedro parece no haber entendido nada. Propone hacer tres chozas. No capta la novedad de Jesús. Sólo la nube del cielo va a aclarar las cosas: “éste es mi hijo escuchadle”. Lo que sí vislumbra Pedro es el futuro anunciado por Jesús, y por eso prefiere quedarse en la montaña, lejos de la realidad, que les espera en Jerusalén. Pero la Voz desde la nube deja las cosas claras: hay que volver a Jerusalén, a la vida, al día a día: “escuchad a mi Hijo”. En esa decisión, dice el evangelista, “Jesús se quedó solo”. Las grandes decisiones de la vida se toman casi siempre en soledad.
Vivir escuchando a Jesús sería una experiencia única, porque al menos escuchamos a quién dice verdad y a quién ofrece las claves para vivir una vida digna del ser humano. Por eso los cristianos tenemos que poner el evangelio en el centro de nuestra vida y escuchar las palabras de Jesús. En la vida está la luz y la tiniebla, la muerte y la vida… pero al final triunfará la vida, con sabor a triunfo.
Una palabra de Dios que no nos aísla, ni excluye, sino que nos adentra en la realidad de la vida y ahí dar una respuesta.
Hoy escuchamos a demasiados que nos desorientan, engañan, mienten porque cada cual defiende lo suyo, su verdad. Los cristianos tenemos una verdad: Jesús.
Seguir a Jesús conlleva correr su suerte, cargar con la cruz del día a día, hacer la voluntad del Padre, enfrentarse a los poderes de este mundo, no caer en la comodidad… es “escuchar” lo que el maestro quiere de nosotros, es optar ante las propuestas de Jesús y es descubrir el “haced vosotros lo mismo, igual que lo habéis visto en mi” y ser semilla de reino y también grano en el surco de la vida.






