Jueves Santo: Los amó hasta el extremo

JUEVES SANTO

LOS AMÓ HASTA EL EXTREMO

JUAN 13, 1-15

 

Celebrar jueves santo es recordar la esencia misma de nuestra fe, y es profundizar en su mensaje: amaos como yo os he amado. Tiene tres dimensiones que se suman a la celebración: día del amor fraterno, la institución de la Eucaristía y la institución del sacerdocio.

  1. Haced vosotros lo mismo: querer hasta que duela.
  2. Cada vez que coméis del pan… anunciáis la muerte del Señor.
  3. Jesús dejó discípulos y apóstoles, sólo a partir del siglo IV se introdujo el “clero”. Desde el evangelio lo que se apoya en Jesús es un ministerio ordenado de servicio a la comunidad.

Pero vayamos a la esencia del sentido de este día: la Eucaristía, pan partido y sangre derramada, haced vosotros lo mismo.

Jesús había ido a Jerusalén, como un judio más, a celebrar la Pascua y según cuenta Juan, Jesús cena con sus discípulos. El sabe y es consciente de que su hora ha llegado… que es un momento difícil, no es un tránsito fácil, y el ambiente está muy hostil contra él. Separarse de ellos es un trago amargo. Por eso esa cena no es con cualquiera, tiene sabor a despedida y es un momento doloroso, donde se comparte el pan y se comparten más cosas.

Días antes a raíz del domingo de los ramos y su entrada en Jerusalén, ya no estaba la cosa clara y Jesús no debía estar bien, y por eso se fue unos días a Betania, a casa de sus amigos. Con los amigos descansas, te repones, coges fuerza, y hasta te quitas un poco de en medio.

Cuando llega el momento de celebrar la Última Cena, lógicamente el ambiente no está sereno y es fácil de imaginar.

Aunque todos nos pintan a Jesús comiendo con los doce, sabemos sin embargo que no era esa la costumbre de su tiempo, porque Israel en esa noche reunía a hombres y mujeres por igual. Todo hace pensar que Jesús se reuniría con los Doce y con las mujeres que ordinariamente iban con el grupo, incluida su Madre.

Además lo más probable es que los que comieron aquella noche lo hicieran “medio recostados”, que era la postura normal, sobre esteras o cojines. Reclinarse era una postura a la que obligaba el ritual de la comida de Pascua, porque estar reclinado era símbolo de libertad y los israelitas era un pueblo de hombres libres.

“Mientras estaban cenando”, Jesús realiza un gesto que suena a profético. Jesús se levanta de la mesa y se pone a “lavar los pies a los discípulos”. Lavar los pies era una expresión de acogida y de servicio y se realizaba con las personas de superior categoría social. Jesús invierte los términos y su amor es tan libre y gratuito que lo lleva al servicio de los más humildes.

Pedro no acepta, se queja, protesta porque no entiende el gesto de Jesús. Pero Jesús le dirá: “Pedro esto lo entenderás más tarde”.

El gesto de Jesús debió ser algo totalmente natural y espontáneo, pero llamativo: Jesús se manifiesta como servidor y a esa actitud le da una importancia capital.

Por eso poco después de lavarles los pies les dice : “¿comprendéis lo que he hecho con vosotros?”. “Os he dado ejemplo para que hagáis vosotros lo mismo”.

 

La vida tiene que consistir en eso, en ser humildes y servidores.

“Vosotros andáis pensando quién es el más importante, y ni tú mismo Pedro lo entiendes, ni te dejas lavar los pies, porque tal vez no estás dispuesto a servir a tus hermanos. Pero en la comunidad de Jesús el que quiera ser el más importante que lo demuestre sirviendo, porque aquí nadie debe ponerse por encima de nadie”.

Este va a ser el sentido profundo del “pan partido y de la sangre derramada”. Y ésta ha sido la vida de Jesús mientras estuvo con ellos: pan que se partió por su pueblo y por su gente y vino- sangre derramada por amor. Y “vosotros debéis hacer lo mismo”, o “hacedlo en memoria mía”.

No se trata de repetir el gesto o el rito, y hacerlo ceremonioso, sino de hacer lo mismo que vieron en el Maestro durante su vida, repetir “ser pan y ser vino en la mesa de la vida”.

Hoy Jesús pretende hacer con nosotros lo mismo que hiciera con aquellos.

Nos reúne porque no quiere que faltemos ninguno, nos quiere formando comunidad, distintos y diversos, pero ahí está nuestra riqueza y nuestra singularidad, aprender a querernos en la diversidad.

Y nos sienta a su mesa, como signo de amistad. En la mesa no se sienta cualquiera, en la mesa se comparten los alimentos, pero también sentimientos y vida. Y nos lava los pies como forma de decirnos quién es él y como nos ama, y que el amor no tiene reparos en tirarse por el suelo, que quiere lavar nuestras faltas, para que también nosotros lavemos las faltas de los demás.

Nos mira a los ojos y al corazón, siempre con mirada de ternura, a veces de dolor como con Pedro, poniendo al descubierto lo que somos. Cuando miro a Pedro después de las negaciones, este se puso a llorar amargamente. Seguramente recordando lo que había dicho y no cumplió: “daré mi vida por ti”, pero a la hora de la verdad se escabulló y lo negó.

Hoy Jesús nos recuerda que ¡así mismo es la vida! Pero que merece la pena “ser pan y partirse por los demás en la mesa de la vida, y ser vino-sangre derramada también por el bien de los demás”.

Al final descubrimos que esa es la mejor siembra y también la mejor herencia que dejaremos. Entonces nuestras vidas serán “auténtica eucaristía”.