Viernes Santo: La Cruz expresión de Amor

VIERNES SANTO

PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR

JUAN 18, 1 – 19,42

 

La muerte ha sido el gran misterio que ha preocupado al ser humano a través de toda su historia. Tiremos para donde tiremos y le demos las vueltas que le demos no hay nada más evidente que la realidad de la muerte.

No es nada fácil hacer una reflexión sencilla y coherente sobre el significado de la muerte de Jesús. Nosotros tendemos a insistir en el sufrimiento, los azotes, las burlas, la corona de espinas, los clavos, como si nos gustara hacer sangre. Es verdad que el sufrimiento de Jesus fue enorme, pero como el de muchísimos seres humanos que sufren y mueren hoy. Lo que nos marca el camino a los creyentes no es tanto el sufrimiento cuanto el camino de la plenitud humana que tuvo Jesús en el trato con los demás, es decir su amor manifestado en el servicio y en la entrega. La muerte de Jesús es un argumento definitivo a favor del amor, y en su muerte Jesús deja claro que el amor es más importante que la misma vida.

Su vida y su buena noticia a lo largo de su historia es que Dios es amor y Jesús va a ser el que se da a todos y nos obliga a nosotros a seguir el camino.

A los mismos discípulos les va a costar sudores y lagrimas entender y asumir esta realidad cuando habían puesto tantas ilusiones y ven como todo se trunca antes de tiempo. La situación era muy desalentadora: todo se iba a desvanecer como la espuma. Los discípulos de Emaús lo expresan claramente: “nosotros esperábamos que sería él quién rescataría a Israel, y ya van tres días desde que sucedió”.

La muerte de Jesús es una muerte trágica porque sus enemigos habían logrado lo que querían, que era quitarlo de en medio. Los fariseos porque Jesús desenmascaró su hipocresía; los sacerdotes porque les denunció la vaciedad de su culto formalista y sin vida; los ricos porque le echó en carga su injusticia; los romanos porque pensaron que era un agitador.

Jesús muere abandonado por todos; los discípulos huyeron, los judios lo despreciaron, el Padre se hizo el sordo a su clamor y dejó pasar el tiempo. Parecía como si el odio y la injusticia tuvieran la última palabra. Aquella tarde cuando las tinieblas cayeron sobre el monte Calvario parecía como si todo hubiese terminado.

Pero en lo más profundo de los acontecimientos, la realidad iba a ser otra. Jesús no iba a ser un vencido, sino un triunfador. Lo que muchos pensaron que era el fin, se convirtió en el comienzo de una nueva etapa de la historia de la salvación. Al final se había hecho realidad aquello del “grano de trigo que cae en tierra y muere y da mucho fruto”.

La muerte no fue un mal trago que tuvo que pasar Jesús sino que fue la gloria de un hombre que hizo presente a Dios con el don de sí mismo, viviendo para los demás. Dios está siempre donde hay amor. Cuando un ser humano es capaz de consumirse por los demás está alcanzando su plena consumación.

Por eso en la cruz de esta tarde debemos los creyentes ver el signo de lo que Jesús quiso transmitirnos.

Para los grandes de este mundo (los que crucifican y también nosotros) la cruz es afirmación autoritaria del poder, la aniquilación, el descarte… los que clavan a Jesús están convencidos de que Jesús debe ser destruido para que ellos puedan vivir mejor.

¡Qué morbosamente actualidad tiene esta perspectiva! Cuantas cruces se siguen repartiendo y levantando en tantos rincones del mundo que como en el caso de Jesús, siguen desfigurando el aspecto humano de la gente y derrochando tanto dolor.

La cruz que propone Jesús no es la de “como quiero vivir mato a quien me lo impida”, sino al contrario, es la que afirma, “yo me desvivo por amor para que los demás tengan mejor vida, una vida más humana”. Una cruz que para el cristiano no es la del dolor por el dolor o el sufrimiento por el sufrimiento, la cruz de Cristo es la del amor más fuerte que la muerte, porque a fin de cuentas, el más fuerte no es quien más mata o puede matar, sino quien más ama y más vida puede dar. ¡Ay si esto lo entendiera Putin y tantos otros y hasta nosotros mismos!

Para los creyentes su muerte, la de Jesús, no es solamente un recuerdo que revivimos cada año, sino que es una llamada a mejorar el mundo, a destruir las estructuras de pecado, a restablecer las condiciones de paz.

Jesús hoy sigue muriendo en mucha gente a lo largo del mundo que tal vez también gritan : “Padre, por que me has abandonado” y ojalá nosotros ayudemos a cambiarlo por un grito de esperanza: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Nuestra esperanza está en la vida que triunfa sobre la muerte en la Resurrección. Este modelo, la verdad es que goza de poca aceptación, ni siquiera entre los cristianos, en una sociedad donde todo tiene precio, y donde todo se mide de otra manera. Pero nosotros seguimos creyendo que el amor lo puede todo y donde hay amor hay vida, en esta etapa de la vida y también en la que vendrá.